Yo no he sido
Resulta curioso cómo tras
cada gran movimiento de liberación de un grupo oprimido surge una especie
contramovimiento con el objetivo de quitar responsabilidad al grupo al que
pertenecen los opresores. Me refiero, por ejemplo, al #NotAllMen que se
popularizó tanto tras el boom de #MeToo o al #AllLivesMatter que siguió a
#BlackLivesMatter. Quienes impulsaron estos movimientos no eran necesariamente
los agresores, al contrario, en general eran personas que no habían hecho nada
malo, pero que sintieron la necesidad de recordar al resto del mundo que no
todos los hombres-blancos-cisheteros son los culpables de las agresiones.
Por supuesto, estas personas
no tienen la culpa de la opresión que sufren el resto de los colectivos y nadie
es personalmente responsable del delito que otra persona ha cometido. El
problema es que ante cada problema social la respuesta inmediata sea decir:
“Bueno, pero yo no soy machista, yo no soy racista, yo no soy homófobo”. Y repito, es perfectamente posible que no lo
sean. El Yo no he sido no es una
cuestión de machismo, de racismo o de lgtbfobia: es una cuestión de actitud
hacia la vida.
Al final, todos estos
problemas derivan de la generalización y de la individualización. El #NotAllMen
surge como respuesta a una supuesta generalización (y sí, solo supuesta) hacia
los hombres. Y claro que generalizar es un problema, que nos lo digan a
nosotras. La mayor parte de las opresiones hacia grandes colectivos se nutren a
partir de estereotipos. Un ejemplo es el concepto de mujeres-mente-colmena,
según el cual todas las mujeres tenemos los mismos gustos, ideas y opiniones: “a las mujeres les gustan los hombres
que hagan …”, “a las niñas no les gusta que les regales coches, prefieren
muñecas”. Algunos de estos estereotipos pueden ser realmente perjudiciales, por
ejemplo, la idea de que “el lenguaje de las mujeres es una incógnita, no puede significar sí y sí puede significar no” ha hecho que se desvirtúe totalmente la idea de consentimiento haciendo necesarios movimientos en los que
se piden cosas que caen de cajón, como que #NOesNO.
El objetivo de #MeToo fue
animar a que un montón de mujeres compartieran sus experiencias: a mí también
me violaron, a mí me también me agredieron, a mí también me pasó, así que no
pasa nada, no estás sola, yo también te creo porque sé lo que es que no te
crean. Ante esto, responder con #NotAllMen es no haber entendido nada. Porque
claro que no todos los hombres son agresores, pero es que el problema no es que
lo sean todos los hombres, sino los suficientes. Los suficientes para que las
mujeres tengamos una posibilidad enorme de sufrir una agresión machista y que
luego no nos crean; los suficientes como para que tengamos miedo a ir solas por
la calle de noche; los suficientes para que sea un problema social. No todos
los hombres son machistas, pero sí todas las mujeres sufren, en mayor o menor
medida, machismo. Y nadie te está responsabilizando a ti específicamente del
problema, pero eso no lo hace desaparecer.
Según mi experiencia
personal en las redes, cada vez que salen nuevos casos de violencia de género
en España Internet se llena de mensajes de este estilo: “Los hombres que pegan
a mujeres no son hombres de verdad, son enfermos/animales/monstruos” o “gracias
a todos los hombres que nos cuidáis, nos queréis…” No es que estas personas
tengan mala intención, no es que tengan la culpa de nada (porque lo repetiré
una y mil veces con tal de que no se me malinterprete: esto no es una cuestión
de culpas). El problema surge del afán de individualizarse hasta el extremo de
cerrar los ojos y decir: como yo no he sido, no tengo que preocuparme por nada.
Cuando decimos que los
agresores no son personas lo que hacemos es quitar responsabilidad, tanto a
ellos como a nosotros mismos. Si no son seres humanos entonces no tenemos nada
que ver con ellos. Pero no es así. Los agresores son seres humanos que conviven
con nosotros, se educan con nosotros y forman parte de nuestra sociedad; son
productos de un problema cuya raíz es social y como parte de la sociedad,
podemos hacer algo. Cualquiera puede perder la esperanza, diciendo que los
agresores son psicópatas y que, por lo tanto, la violencia de género no se
puede evitar. Cualquiera puede irse a la cama sabiendo que no ha cometido
ningún acto machista, que él individualmente es una buena persona y que no ha
hecho nada malo. Y hasta cierto punto tendrá razón. Pero al dejar tu entorno
exactamente igual que como lo encontraste no habrás hecho nada malo, pero tampoco
nada bueno.
Esto es solo un ejemplo en
cuestión de machismo. Para ejemplificar cómo ocurre con otras opresiones
hablemos, por ejemplo, de la reciente polémica de mariconez en el programa de televisión Operación Triunfo.
Está claro que nadie es
homófobo por escribir una canción en 1988 con una palabra cotidiana como mariconez, sin afán de ofender a nadie y
sin ningún intento de connotaciones homófobas. Que treinta años después una
persona te explique, de nuevo sin tacharte de homófobo, la importancia que
tiene el lenguaje en la manera en la que vemos el mundo, el origen que tiene la
palabra, cómo se sigue utilizando hoy en día, el daño que hace, ha hecho y
puede hacer, y que tú respondas con “no me censuréis” puede que siga sin hacerte
homófobo, pero sí deja claras tus prioridades. De nuevo, el problema es que una
persona solo tenga interés en que nadie le pueda decir que es homófobo, en
lugar de ponerse en la situación del otro e intentar ayudar, aunque sea
mínimamente, a solucionar el problema.
Al borde de empezar el nuevo
año, me encuentro recordando muchos artículos realmente interesantes que han
escrito mis compañeros en este blog. Pienso en el artículo de Samuel Pis El papel del hombre en el feminismo y la
unidad de las luchas sociales, en el que habla de cómo una causa justa
debería hacer que los hombres se unan al feminismo, aunque suponga perder privilegios;
me acuerdo con mucho cariño de Primera dama
de Sara de la Riva, una gran inspiración para mirar más allá de los estereotipos;
es imposible hablar de generalizaciones sin recordar a la maravillosa Alejandra
Lara con su artículo En busca de la
felicidad, que explica, con gran razón, que “no todas las mujeres tenemos el
mismo número”, lo cual es algo que de vez en cuando nos vendría bien recordar
dentro del propio feminismo; finalmente, resulta también muy relevante para entender
este tema tan complejo Puedes ser fuerte
de Marta Fernández-Trabadelo,
con una bonita conclusión sobre la posibilidad de prevenir nuevos casos de
violencia de género.
No sé si es por imparcialidad
familiar o por pura casualidad, pero si hay un artículo que no me puedo sacar
de la cabeza es Un asunto personal de
Lucía Vilanova, y en concreto esta frase: “2017 acabará con una elevada cifra
que encerrará terribles casos de violencia de género, cada uno con distintas
circunstancias que serán unificadas en un solo número. Pero con total frialdad,
cuando llegue 2018 volveremos a dejar el contador en 0”. En 2018 hubo 44
mujeres asesinadas, y a saber cuántas habrá en 2019. Pero hoy, a unas pocas
horas de 2019, este no es el contador que me preocupa.
Lo que me preocupa es el contador
del que dice “Yo llevo 0 mujeres asesinadas”. Porque aunque ese contador siga
intacto, el otro sigue subiendo, y el problema sigue ahí. Ante una injusticia
hay tres tipos de personas: los que la cometen, los que la sufren y los que
permanecen neutrales. A estos últimos a veces lo único que les falta es un poco
de empatía. Este artículo va dedicado a todas esas personas que no son machistas, ni racistas, ni lgtbfobas, pero que se conforman con eso. Podéis aspirar a algo más.
Inés Vilanova de
Diego
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