Sálvese quien pueda, o de como abandonar el barco.





En españa nos ahogamos en vasos de agua, lloramos con dejes de rimel  y tenemos marcas de boli bic en los dedos. Nos han cortado con el mismo sesgo, han pasado un centímetro por encima de nuestras  cabezas y han marcado con rotulador permanente la marca de la mediocridad, o el estudiante promedio. Yo por mucho que trate de ponerme de puntillas nunca he conseguido alcanzar la marca, he pasado noches de ansiedad y me he dormido sobre mis propios libros, me he atragantado con las metas y caras vacías de profesores que miran con ímpetu el día de su jubilación, y sin embargo nunca alcanzaré la marca.
Recuerdo la primera vez que hice deberes, estaba sentada en mi habitación de jugar, junto a mi un diván rosa cargado de niñez y muñecas, rechazé el escritorio de madera que me habían instalado para cumplir con la tarea y me senté en el suelo. Los minutos fueron pasando y las sumas dejaban de tener sentido, no porque no supiera hacerlas, sino porque simplemente no me apetecía, los números salpicaban mi mirada y yo , llena de mí no podía evitar crearles historias, el tres tiene celos del cinco porque el cuatro es su novia, el diez mira de soslayo al nueve porque ella es única, el uno se siente solo y el dos nunca sabe que decir, a continuación suspiraba, me apartaba el flequillo y me cruzaba con la ventana. Fue así, como apareció mi primera crisis existencial y los dejes de rebeldía, miraba mi ventana y escuchaba el sonido tranquilo de la calle, las madres pasando con sus hijos, un perro ladrando, el sonido de una carrera y el inconfundible tintineo de un niño con su bocadillo de nutella.
Mientras, encerrada ante un cuadernillo de matemáticas estaba yo, sabía perfectamente que aquello era solo el principio y sentí algo parecido al vértigo que me raspo el esófago en una herida que aún conservo.

Sin embargo aprendí a acostumbrarme a desaprender todos los días y me limitaba a seguir instrucciones en mi mundo paralelo, sin embargo nunca conseguí destacar en el terreno académico, ello no quiere decir que no fuera de las mejores, sino que simplemente nunca fui la mejor. Los dieces, los números redondos y la satisfacción del sobresaliente impoluto no me pertenecen, tampoco soy la voz que aprende la lección de carrerilla ni la que protesta cuando no consigue la nota deseada. Únicamente me limitaba  a sobrevivir, a alcanzar el horizonte del final  en un país que me aplasta el esternón con su pie y a contuación dice respira, después asigna una nota a tu esfuerzo por no ahogarte y se da la vuelta mientras te deja tendida en el suelo y tachada de mediocre.

Como persona el sistema educativo español me anula de 8.15 a 15.15, me limito  a contar los minutos a respirar y a esperar que  la bacteria de la mediocridad no se me enquiste. Sin embargo en todas mis clases he destacado pero como digo nunca por mis notas, porque soy incapaz de alcanzar el estándar, estoy hecha de otra materia, algo intangible que pide a gritos dialogar, aprender, entender y leer, un gramo de inconformismo que me impide memorizar y clasificar el mundo en sectores. La vista se me escapa a las ventanas, como aquella primera vez.

Siempre he pensado que un sistema que te haga llorar una sola vez no merece la pena, el esfuerzo, las ganas de querer ser deberían de ser suficientes, nadie debería de pasar un momento de su vida tratando de ser el mejor, porque simplemente esa categoría no existe. El ser humano siempre ha tendido a clasificar, a reducir los contornos de una realidad infinita para poder asimilarlo, pero la normalización de una característica no implica que esta sea correcta. El ansia creativa, la diferencia , la lavia, la personalidad son para mí características que marcan el camino de los estudiantes, son los verdaderos cánones que suponen la división entre los que alcanzan el éxito y los que observan como otros lo consiguen.


A veces sigo escuchando el chirriar de los dientes de algunos profesores que situan su cabeza al lado de la mía, tratando de percibir el más mínimo deje de "desnormalización", cuando se situan frente a mis compañeros escuchan el coro milimetrado de sus engranajes en un compás de cuatro por cuatro engrasado al únisino, al contrario cuando se acercan a mi sienten una orquesta de  músicos rebeldes y poetas que lloran, exigiendo  salir de allí, a pesar de ello ninguno se molestó en escucharme, sino que se limitaban a intentar cambiar mi ruido. Me pregunto si algún día se darán cuenta de que no era ruido , sino música y que aquella partitura escrita con purpurina, solo me pertenecía a mi .


Me pregunto en muchas ocasiones cómo pretendemos que en España los jóvenes tengan futuro, si clasificamos a las personas en grupos muy estrechos, nos quedaremos sin artistas, sin emprendedores, sin carpinteros, sin restauradores, sin bailarines, sin poetas, sin personas y a cambio tendremos aulas de universitarios mediocres que odian su carrera, porque nadie les explico que no tenía nada de malo ser ellos mismos. A lo que ellos responderán con una sonora apertura de boca, mientras al unísono responden ¿ Ah, pero eso valía?

Los intelectuales del pasado decían que en el  futuro nos dominarían las máquinas, miro a mis contemporáneos, a las orquestas que han matado para convertirlas en el sonido de espera de compañias telefónicas y me doy cuenta de que ya ha llegado ese día.

Pero las máquinas, somos nosotros.


Alejandra Lara


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