Por qué ya no basta con hablar de Marie Curie



En la Facultad de Ciencias celebramos el 11F (Día de la mujer y la niña en la ciencia) con disculpas.  En los últimos años, ha crecido la concienciación sobre la necesidad de proteger, reivindicar y visibilizar el papel de la mujer científica. Sin embargo, recientemente este espíritu ha empezado a infectarse de miedo a ir demasiado lejos, a “pasarse”, a caer en extremos.

Es habitual, últimamente, escuchar estas afirmaciones: “Bueno, en realidad, que cada uno estudie lo que quiera”; “No podemos obligar a las jóvenes a entrar en carreras de ciencias solo porque faltan mujeres”; “Yo no estudio ingeniería porque haya pocas chicas, sino porque es lo que quería hacer, no tengo que justificarme”. Se intenta, de esta manera, emprender un retorno hacia la “moderación”. Algunas científicas han sido las primeras en reafirmarse en este tema, como por ejemplo Karen Uhlenbeck, quien se ha pronunciado de la siguiente manera: “No me gusta que me llamen mujer matemática. Soy una persona matemática que resulta ser mujer”.

Y, por supuesto, tienen razón. Faltaría más. El problema es que están luchando, a mi juicio, contra un enemigo inexistente. Y es que cuando las feministas decimos que hay que seguir conquistando espacios femeninos en las famosas STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics) no nos referimos a ir a la salida del examen de Selectividad y ponerles una pistola en la cabeza a chicas de diecisiete y dieciocho años para que abandonen sus sueños de estudiar Medicina y Magisterio y se matriculen, sin ganas, en ingeniería informática. Quien diga que el 11F es eso está faltando a la verdad, y la primera persona a la que está mintiendo es a sí mismo.

Creo, sinceramente, que es el momento de desmontar bulos; la hora de reconocer lo conseguido pero siempre con la vista fijada en lo que nos queda por conseguir; la época de recapitular qué ha ocurrido hasta ahora y qué dinámicas se dan actualmente en el mundo de la ciencia en lo que respecta a la mujer; es nuestro turno de  recordar por qué este tema es tan importante a la hora de comprender cuestiones tan complejas y de actualidad como el techo de cristal o la brecha salarial. Me gustaría centrarme, en concreto, en qué creo que se le está pasando por la cabeza a una joven de dieciocho años en España antes de elegir alguna forma de estudio superior. Todo ello desde la humilde pero tremendamente cercana posición de una estudiante de primero de carrera de Matemáticas y Física, que todavía no tiene ni idea de lo que la ciencia, en todos sus sentidos, tiene que ofrecerle. Quizás, paradójicamente, es en esta ignorancia, que al fin y al cabo es de donde nace la ciencia, donde reside el interés de esta reflexión.

Pongámonos, para empezar, la bata de científica, y vamos a intentar probar mi tesis principal a través de lo que en Matemáticas llamamos reducción al absurdo. Es una técnica de demostración que consiste en suponer el escenario contrario al que quieres llegar e ir tirando del hilo hasta que llegues a una contradicción, a un absurdo, concluyendo así que la única manera de salir de la contradicción es aceptando la proposición que realmente querías afirmar.

            Para esta argumentación, que tanto podría ser un ejercicio de álgebra como un informe de laboratorio, vamos a recordar también qué era eso del método científico. Suele recogerse en las introducciones que tienen los libros de texto de Física y Química de la ESO, junto con aburridos, pero sencillos conceptos como propagación de errores o clasificación de magnitudes físicas. El método científico, comúnmente asociado, en su origen, a Galileo, consta de una serie de pasos que se deben seguir para llegar a conclusiones que podamos elevar a la categoría de científicas. Puede sufrir diversas variaciones, pero en general hablamos de los siguientes pasos:

            Lo primero es siempre la observación del proceso, elemento o situación de la que queremos obtener información, en nuestro caso, el papel de la mujer en la ciencia. A continuación, nos planteamos una hipótesis: en esta parte introduciremos la reducción al absurdo. Supongamos que aceptamos que, en la actualidad, al menos en España, no tiene sentido reivindicar el Día de la mujer y la niña en la ciencia porque no existen barreras reales para las mujeres científicas, que se está forzando a las adolescentes a que estudien carreras de ciencias, que hemos ido demasiado lejos. Es una hipótesis tan buena como cualquier otra, el problema es que ahora es necesario contrastar con los datos. Y aquí es donde se nos cae todo.

            Afirmar que no hay ninguna desigualdad por razón de género en Occidente que afecte a la comunidad científica implica de manera inmediata que la proporción en todos los ámbitos, desde el académico al técnico, partiendo de los puestos más bajos hasta los mejores pagados pasando por todos los intermedios, debería tender, al menos de media, a la paridad. Sin embargo, las cifras se disparan. A poco que investiguemos un poco podemos ver que, en los países que suelen presentar las más elevadas cifras en indicadores de igualdad de género, los porcentajes de mujeres en carreras de ciencias son absurdamente bajos, por debajo del 25%, no solo en España sino también en países pioneros como Noruega, Suecia o Finlandia. En ingeniería informática el estudiantado femenino ronda el 15%. Es esta información, que se obtiene en cinco minutos buscando en Google, la contradicción que andábamos buscando. No podemos aceptar la hipótesis de que “hemos ido demasiado lejos con animar a mujeres a hacer STEM” si en algunos campos seguimos en el 15%. Si hay algo que, como científicos, sabemos, es que no podemos negar los datos.

            El método científico nos obliga, pues, a desechar la hipótesis y construir una nueva teoría, continuando en este sistema hasta que consigamos una explicación coherente con la realidad, siempre pendiente de una posible falsificación a posteriori. Veamos pues qué casos podemos ir descartando.

            ¿Existe una desventaja inicial que hace que las chicas, sencillamente, no hagan carreras tecnológicas porque no les da la nota? Afortunadamente, este caso es trivialmente desechable. La razón es muy sencilla: no hace falta ser un estudiante taquicárdico de segundo de bachillerato que tiene guardada en favoritos la página web notasdecorte.com para saber que, en general, las carreras más demandadas son las sanitarias, en particular, Medicina, mientras que para entrar en la mayoría de las ingenierías basta con el aprobado. En el complejo tejido de grados que vivimos hoy puede haber excepciones, como ciertos doble grados de ciencias puras o sociales con mucha demanda, pero que los grados biosanitarios requieren más nota que la mayoría de las carreras de STEM es un dato suficientemente probado. Resulta muy relevante porque en Medicina y sus grados hermanos la mayoría de las estudiantes son mujeres, lo cual prueba una cuestión que será fundamental durante todo el artículo: en general, podemos afirmar que la mayoría de las mujeres que no escogieron estudios tecnológicos pudieron hacerlo, pero no quisieron.

            Queda ver, en consecuencia, qué nos está frenando. Por una parte, se habla de que la percepción de que el científico-técnico es un espacio dominado principalmente por hombres provoca un rechazo hacia ciertas mujeres. Prever una discriminación o un sobreesfuerzo hace que este campo no resulte especialmente atractivo. Así, entraríamos en un círculo vicioso: como no hay mujeres, las mujeres no lo intentan, y por tanto nunca habrá mujeres. Aunque todo influye y nada pesa más que la Historia, opino que estas actitudes están quedando cada vez más atrás en el pasado, de manera que no creo que los resquicios de machismo directo en las enseñanzas superiores europeas sean suficientes como para justificar el déficit de mujeres en este ámbito. En efecto, en mi día a día no sería justo decir que estoy siendo un gran icono del feminismo cada vez que llego a clase de Cálculo a las nueve de la mañana. No en 2020. Ahora que estoy dentro, no es factible pensar que me resultará significativamente más difícil, por mi condición de mujer, acabar mis estudios. La posible discriminación directa y el dominio masculino actual del sector no me parecen suficientes para entender las claves de la situación actual.

            En segundo lugar, hay que tener en cuenta el papel de los roles y estereotipos. Los juegos con los que nos divertimos de pequeñas, nuestros regalos de Reyes, los temas de nuestras fiestas de cumpleaños, todo influye en conformar nuestra personalidad y, en concreto, nuestras ambiciones y aspiraciones. Por lo que me ha llegado hasta ahora, he notado que las campañas relacionadas con el 11F se centran en publicitar el trabajo de distintas mujeres científicas que puedan servirnos de modelos, de inspiración. Ada Lovelace, Hedy Lamarr, en Matemáticas a menudo Emmy Noether o, más recientemente, Maryam Mirzakhani, única mujer Medalla Fields. Sin embargo, el culmen está, claramente, en Marie Curie.

            Creo que el caso de Marie Curie es especialmente positivo porque su distintivo no es, únicamente, ser mujer científica: también es la primera persona en la historia en ganar dos premios Nobel. Es uno de los pocos casos en que ella eclipsa a su marido, Pierre Curie, un científico también de importancia, y no ocurre al revés. En definitiva, Marie Curie es el modelo perfecto para toda niña apasionada de la ciencia, ¿qué podría salir mal?

Por una parte, durante mucho tiempo se vio como la excepción que confirmaba la regla, parecía que solo había sitio en la ciencia para una gran mujer entre muchos grandes hombres. Por eso comprendo a Karen Uhlenbeck en su petición de que la llamen matemática a secas, sin el “mujer” delante: no debe de ser muy agradable que en todas las entrevistas le pregunten cómo es para una mujer triunfar en su área mientras que a sus compañeros les pueden hacer preguntas, simplemente, de Matemáticas. Sin embargo, creo que caer en esta negatividad no es del todo justo: no podemos cambiar el pasado, solo mirar hacia que haya más oportunidades para mujeres científicas en el futuro.

            A mi modo de ver, utilizar a Marie Curie como icono, guía e inspiración no es suficiente. Mi generación ya ha crecido con suficientes modelos de científicas como para saber que es posible para nosotras tener éxito en este campo. Siempre es justo visibilizar a aquellas mujeres que no obtuvieron en su tiempo el reconocimiento que merecían, pero eso no significa que podamos depender de ello como única manera de acabar con el abismo de la proporción de mujeres en STEM. Necesitamos profundizar más.

            Así pues, ¿qué nos queda? En su obra The Gender-Equality Paradox in Science, Technology, Engineering, and Mathematics Education, G. Stoet, y D.C. Geary hablan de un concepto muy interesante llamado “ventaja comparativa”. Ambos autores defienden lo siguiente: así como en los primeros años los intereses y aptitudes de niños y niñas son parecidos, una motivación sobre las chicas hacia las humanidades y ciencias sociales (Literatura, Arte, Geografía…) resulta en una mayor ventaja de estas en dichas áreas de conocimiento. En consecuencia, los niños no tienen una ventaja absoluta sobre sus compañeras, sino una ventaja relativa, frente al desarrollo de habilidades no pertenecientes a STEM por parte de ellas.

La elección de carreras se suele basar en los puntos fuertes y aptitudes más desarrolladas de los estudiantes, que unidas a unas preferencias que están construidas de manera no solo individual sino también social, colectiva, resulta en un reparto desigual entre la elección de carreras universitarias en hombres y mujeres. Cabe destacar que este es un fenómeno propio de países con altos indicadores de igualdad, lo que se suele denominar la “paradoja de la igualdad de género”. En aquellos países en los que el futuro profesional es más difícil en general para las mujeres, estas tienden a elegir carreras tecnológicas por estar asociadas a salarios más altos, mejores oportunidades y, en fin, óptimas condiciones para combatir una desigualdad que es, de base, mucho mayor. El mejor ejemplo es Argelia con casi un 50% de mujeres en STEM.

A estas alturas, puede que haya quien se esté preguntando por qué es tan importante que no haya un alto porcentaje de mujeres científicas. En la práctica, se trata de gustos, opiniones: ¿por qué importa más que no me gusten las Matemáticas a que no me guste el brócoli? La respuesta radica en que la elección de los estudios superiores es determinante para nuestro desarrollo socioeconómico: la desigualdad en la ciencia está acrecentando la brecha salarial y el techo de cristal.

El techo de cristal hace referencia a la falta de mujeres en los puestos de responsabilidad, gobierno y mejor pagados. Es una cara de una misma moneda junto con la brecha salarial: la diferencia entre los salarios de hombres y mujeres. Cabe recalcar que considero que las personas que todavía dicen “Eso de que haya una brecha salarial no está muy claro” están a la altura de terraplanistas, antivacunas o negacionistas del cambio climático. A continuación, recalcaré un par de datos, pero si alguien tiene dudas le recomiendo que se limite a investigar los estudios del Instituto Nacional de Estadística y que se convenza por sí mismo.

Las mujeres en España tenemos una tasa de paro de tres puntos por encima y de actividad laboral de once puntos por debajo. En cuanto a salarios, según estudios de Eurostat existe una diferencia de 16,2% en Europa entre los ingresos de hombres y mujeres; en el sector público ronda el 13% mientras que en el privado asciende al 19%. Los datos de la Encuesta Anual de Estructura Salarial de 2017 afirman que el salario medio femenino es 22% más bajo, el 63,9% de los salarios más bajos pertenecen a empleos de mujeres y el 18,84% de las mujeres trabajadoras tenían un salario por debajo del salario mínimo interprofesional. La brecha también se extiende a las pensiones: 35% más bajas en mujeres y con un 65% de complementos a mínimos.

Debemos diferenciar la discriminación en dos tipos: directa e indirecta. La directa consiste en una diferencia por razón de género entre dos empleados con el mismo trabajo y cualificación; no es factible que esta discriminación se dé de manera significativa en mujeres occidentales con estudios superiores, al menos no con una frecuencia como para explicar las cifras que acabo de exponer. Con esta afirmación no quiero sugerir que en España las mujeres no suframos ningún tipo de machismo, solo hay que observar al número de muertes por violencia de género en 2019 o preguntar a cualquier grupo de amigos cuántas chicas se sienten seguras volviendo solas a casa. Solo quiero recalcar que la discriminación directa no es, en la actualidad, nuestro más fuerte enemigo.

Así pues, a lo que nos enfrentamos en la realidad es a una discriminación indirecta: reglas que perjudican especialmente a un género pero que son aparentemente neutras. En efecto, si analizamos las estadísticas sobre los permisos de cuidados podemos ver que el 90% de las excedencias para el cuidado de hijos son por parte de madres, el 80% de excedencias para familiares las toman mujeres y, finalmente, el 98% de los permisos por nacimiento de un hijo son de maternidad y no de paternidad. Paralelamente, a menudo se suele criticar que los hombres cobran más, simplemente, porque trabajan de media más horas, pero no se contabiliza la doble jornada: el tiempo medio dedicado al cuidado de la casa al día es de 4 horas y 7 minutos en mujeres frente a 1 hora y 54 minutos de los hombres.

Las consecuencias son que las mujeres, al seguir dedicándose con mucha más presencia en las labores reproductivas, están perdiendo salario, carrera profesional y cotización. En efecto, la economía, el derecho y la protección deben ser los productores de la emancipación, y no estamos llegando al nivel deseado.

¿Qué tiene que ver esto con el Día de la mujer y la niña en la ciencia? Las áreas científicas, en particular las STEM, ofrecen empleos de altos salarios y una gran oportunidad para reducir la brecha salarial. Puede que el equilibrio en todos los sectores tanto laborales como académicos no sea condición suficiente como para acabar, definitivamente, con la discriminación por razón de género, pero sí condición necesaria. Los datos siguen siendo una contradicción con respecto a lo que nos dice la teoría que debería estar ocurriendo y, como científicos, sabemos que, si el resultado contradice la hipótesis, algo mal estamos haciendo. La paridad entre hombres y mujeres en la actividad científica debe ser tenida en cuenta siempre como un importante indicador acerca de la igualdad de género: hasta que no lo consigamos, sencillamente, no podemos darnos el alta como sociedad, no habremos acabado de erradicar el problema.

Hemos avanzado tanto en el último siglo que ha llegado un momento en que nuestras batallas, aunque no más difíciles, se han vuelto más ambiguas, complicadas de identificar. Al principio, los obstáculos que teníamos que apartar del camino eran más grandes y pesados, pero fácilmente identificables: cuando te cierran las puertas de la universidad y te impiden estudiar una carrera que sabes que quieres hacer, tienes una barrera física que superar. Sin embargo, en este punto de nuestra historia las piedras son lo suficientemente pequeñas como para que no consigamos encontrarlas. Se cuelan en nuestros zapatos y nos dañan, nos perjudican, pero desde dentro de nosotras mismas. ¿Cómo derribas una muralla que has construido tú? Lo que nunca debemos olvidar es que por mucho camino que hayamos recorrido ya y por muchos obstáculos que hayan desaparecido, no podemos abandonar hasta que todos y cada uno de nosotros partamos, realmente, de las mismas oportunidades. Solo sabremos que habrá ocurrido cuando lleguemos a la vez a nuestro destino.

Tenemos la puerta abierta y conocemos los modelos. Pero ya no basta con hablar de Marie Curie. Tenemos que cavar más profundo. Investigar qué estamos haciendo para que los niños sigan jugando a producir y las niñas, a reproducir. Entender por qué los jóvenes se centran en desarrollar, durante su educación primaria y secundaria, aptitudes distintas. Dejar de ponernos la zancadilla. Sobre todo, observar la realidad, plantear hipótesis y repetir el experimento una y otra vez hasta llegar a la conclusión correcta.

Disfrutemos de lo conseguido, pero sin conformarnos con menos de lo que nos merecemos. Estudiemos lo que queramos, pero reflexionando sobre dónde se originaron nuestros gustos. Tal vez pido demasiado, quizás incluso en algún momento parece que me contradigo, pero no me disculpo. No hay nada más científico ni más positivamente humano que la reflexión, la filosofía y la autocrítica.

Inés Vilanova de Diego.

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